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PRESENTACIÓN DE LA SOCIEDAD DE SAN VICENTE DE PAÚL
«Abrazar el
mundo en una red de caridad»: tal es la ambición de un puñado de
jóvenes de la época romántica. Es el tiempo en que Víctor Hugo sueña
con terminar con el teatro clásico, en que Chateaubriand prosigue su
obra apologética del Cristianismo, en que toda una juventud francesa
en ebullición se llena de ideas y de combates intelectuales. Los
jóvenes de aquella época que tienen cierta cultura y que llegan de
su provincia descubren el mundo a medida que van descubriendo París.
Ese medio favorable nacido de los recintos de la universidad tanto
como del trato con las élites fue forzosamente excitante.
Federico Ozanam y sus amigos no escapan a la regla, y no menos que otros,
gustan de las querellas románticas y de las justas retóricas. Sólo
que éstos han recibido una educación cristiana que les prepara quizá
mejor que a otros para medir la vanidad de los combates sin fin, la
puerilidad de los debates literarios, que ricos en ideas al
principio, terminan demasiado pronto por defender la idea por la
idea, y después, a fin de cuentas, la idea por su autor. Ozanam está
ya penetrado desde los primeros años de su adolescencia por un
interrogante más alto que es el de Dios. Por ahí es, ante todo, por
donde este grupo de jóvenes del siglo XIX corta con su generación:
su batalla no será la Batalla de Hernani sino la de la
defensa de la Fe. Y como las obras valen más que la elocuencia
argumentada, que ciertamente puede convencer pero que no prueba
nada, su teatro no será la Comedia Francesa: serán los barrios
bajos. «La bendición de los pobres es la de Dios … ¡Vamos a los
pobres!», exclama Ozanam.
Son siete
jóvenes, y sólo uno tiene más de veinte años a principios de esos
años 1830 tan agitados. Desamparados por un mundo que abandona poco
a poco el Cristianismo, ellos se reúnen con la voluntad de
sostenerse mutuamente en su Fe y de hacerla crecer juntos. Pero
¿cómo irradiar, cómo - por medio de palabras solamente - extender el
Evangelio en una sociedad descristianizada? Muy pronto, ven la
necesidad de traducir en actos su Fe. El espiritu Vicenciano
Así es como nace, en abril de 1833,
la primera Conferencia de Caridad, cuyo principio es sencillo: un
grupo de jóvenes cristianos laicos se reúnen para orar, reflexionar
y trabajar juntos con el fin de ir en ayuda de las pobrezas.
Rápidamente la obra se amplía con nuevos miembros. Y, muy pronto, el
grupo se pone bajo el patrocinio de San Vicente de Paúl.
Efectivamente, ¿qué más natural que ponerse bajo la protección de un
santo que supo unir tan bien la oración y la acción, con una
ardiente caridad? San Vicente de Paúl reunió en su persona todos los
caracteres de lo que pretende ser una Conferencia: la oración, ante
todo, porque yo puedo todo en Aquel que me sostiene y que me da
la fuerza. Después, la acción, invitándonos con su ejemplo y sus
palabras a «hacer más», sin cesar, para aliviar a los más pobres, a
todos los pobres, sin distinción, y considerando aún que hay que
hacerse perdonar el bien que se les hace. Por último, con la
inquietud de la inteligencia que anima a San Vicente en múltiples
direcciones, pero siempre con la voluntad de hacer que la humanidad
crezca en bien: así alienta para llevar a cabo una mejor formación
de los sacerdotes; se dedica a construir asilos y otras obras que
humanizan, menos o más, la condición del pobre. Así aprovecha su
influencia entre los “grandes” para llevar suavemente pero con
seguridad al Estado y, por tanto, a la sociedad a preocuparse de la
suerte de los pobres y a socorrerlos más. Finalmente, Vicente no se
contenta únicamente con rezar y actuar entre los más pobres:
reflexiona también en las causas del mal de la pobreza para,
finalmente, tratar de modificarlas.
Pues bien, las Conferencias de San Vicente de Paúl no tienen otra ambición más que la de caminar tras las huellas de su Santo Patrón: orar, pensar, actuar. Por eso se reúnen grupos de cristianos a través del mundo entero, guiados por esta voluntad fundadora de “servir a Cristo en los pobres”. Agrupados en comunidades laicas, los Vicencianos no tienen otra ambición más que la de proclamar la Palabra de Dios mediante sus obras y palabras. Sin embargo, estas pequeñas comunidades no pierden de vista que para irradiar al exterior de ellas mismas es preciso que reine la alegría en su seno; la amistad con todos y la atención de unos hacia otros constituyen, pues, los cimientos de una Conferencia de San Vicente de Paúl. Evolución Éste es el espíritu que guió a la SSVP desde sus orígenes, en 1833. Primero, en número de siete, los jóvenes de entonces formaron escuela rápidamente. Reunidos entre laicos para orar juntos y con el fin de organizar la visita a los pobres en su barrio, vieron unirse a ellos, en los primeros meses, a un número creciente de jóvenes de su edad. Muy pronto, el grupo cuenta con un centenar de miembros, y llega entonces el momento crucial en el que hay que hacer grupos más pequeños: es el comienzo del enjambrazón, es decir, de constituir un nuevo enjambre. Al crear un segundo grupo, los cohermanos de San Vicente de Paúl abren una puerta que ya no se cerrará. Desde 1834 existen varias Conferencias no solamente en París, sino también en otros lugares de Francia y de Europa ; y en 1860, la SSVP ya cuenta con 2.500 Conferencias y reúne a 50.000 miembros en varios países. Hoy, en 2002, las conferencias son 47.000 a través del mundo y reúnen a más de 600.000 miembros activos, en 132 países de los cinco continentes. Si la visita a las familias sigue siendo una actividad fundamental de los miembros de las conferencias, en adelante queda completada con múltiples obras especializadas, tales como la ayuda de alimentos, la ayuda para la vivienda y el desarrollo de estructuras diversas en muchos campos: colegios, escuelas, hospitales para los pobres, casas para ancianos, orfanatos, colonias de vacaciones, etc.… Es verdad, según Ozanam, que «ninguna obra de caridad es extraña a la SSVP». Organización
En todas las
partes del mundo, los Vicencianos trabajan de la misma manera, por
pequeños equipos de 10 a 20 personas, llamadas Conferencias; siempre
dirigidas por laicos, pero también, en la medida de lo posible,
acompañadas por un sacerdote o religioso. Así, las Conferencias
expresan con relación a la Iglesia, tanto su independencia
jerárquica deliberada como su adhesión filial profunda.
Las Conferencias
de San Vicente de Paúl están unidas entre sí en el seno de una vasta
red y animadas por unos Consejos a nivel regional (Consejos
diocesanos o locales), a nivel de países (Consejos Nacionales) y a
nivel global (Consejo General Internacional), siendo la
subsidiariedad el principio fundamental de toda la organización:
cada nivel jerárquico no tiene como atribuciones más que las que no
puede asumir el nivel inferior. Esto favorece en gran manera el
espíritu de iniciativa sobre el terreno, tanto más cuanto que el
funcionamiento es enteramente democrático: los presidentes de las
Conferencias son elegidos por los miembros de su propio equipo, y
eligen, a su vez, a los responsables del Consejo del que dependen.
Igualmente, los responsables de todos los Consejos son elegidos por
los representantes del nivel inmediatamente inferior, y así hasta el
Consejo General.
En todas
las diócesis las Conferencias trabajan en estrecha colaboración con
la Iglesia, a nivel de las parroquias y de las diversas
instituciones. Más especialmente, a través del mundo, lazos
estrechos unen a las Conferencias de San Vicente de Paúl con las
demás organizaciones de la Familia Vicenciana, especialmente con las
Hijas de la Caridad, con los Lazaristas, con la AIC, así como con
los Hermanos de San Vicente de Paúl. Existen muchas actividades que
se llevan a cabo en una estrecha colaboración y, la mayor parte de
las veces, con una armonía complementaria.
Estrategia global actual
Nacida de la
iniciativa de unos jóvenes, armados únicamente de su buena voluntad;
construida después poco a poco e incrementada por grupos cada vez
más numerosos de voluntarios, la SSVP ha funcionado durante mucho
tiempo con pocas estructuras. Sin embargo, todas las asociaciones
caritativas han visto en las últimas décadas la necesidad de
modernizarse y de desarrollar sus capacidades administrativas
profesionales, con el fin de aportar un apoyo, lo más sólido
posible, al trabajo de los Voluntarios y de organizar más
eficazmente su acción al servicio de los pobres. La SSVP, por su
parte, se ha dotado, en los países donde cuenta con los medios
necesarios, de estructuras de gobierno modernas y eficaces. A nivel
de la estructura internacional, esta evolución ha tardado más. La
ambición actual del Consejo General Internacional es, por tanto, la
modernización de su estructura, destinada a «hacer entrar la
Sociedad en el siglo XXI». Se trata de asegurar a las Conferencias
de San Vicente de Paúl den una mejor representación ante
organizaciones internacionales (ONU, UNESCO, Unión Europea…), por
una parte; pero se trata también de prestar un mejor servicio a los
Consejos Nacionales de los países menos avanzados, sosteniéndolos
con todos los medios en su desarrollo, y animando especialmente los
intercambios de todo tipo entre Vicencianos de los países
desarrollados y Vicencianos de los países pobres.
Se trata,
igualmente, de favorecer entre los Vicencianos, a través del mundo,
una reflexión global sobre las causas de la pobreza, sin limitarnos
a curar sus llagas. Finalmente, el Consejo General quiere dar un
gran impulso para fomentar la formación de los miembros de las
Conferencias, tanto a nivel del Vicencianismo (el espíritu
Vicenciano y sus grandes principios, el conocimiento de nuestras
grandes figuras: Vicente de Paúl, Federico Ozanam, Luisa de Marillac),
como a nivel de las bases del Cristianismo y, por último, del
conocimiento de la pobreza, bajo sus diferentes aspectos.
Fuerzas y debilidades; perspectivas
La situación de
las Conferencias de San Vicente de Paúl hoy, aunque diferente según
los países y las latitudes, plantea, como todo movimiento, algunos
interrogantes sobre el futuro, que proceden principalmente de dos
constataciones: la primera es la falta de visibilidad de la acción
de las Conferencias, no solamente a nivel mundial, sino también, con
frecuencia, a nivel nacional o local. La segunda es el problema del
envejecimiento de los miembros, especialmente en Europa y, de manera
general, en todos los países de implantación ya antigua. A estas
inquietudes responde, cada vez más, una toma de conciencia, por
parte de los Consejos Nacionales, pero desde hace poco tiempo
también, por parte del Consejo General Internacional, que conduce a
una política activa para poner remedio a estas carencias.
De hecho, hay que
ver en estos dos problemas un fenómeno de evolución no irremediable
pero muy lógico: la falta de visibilidad del movimiento es debido a
su mismo tipo de organización, basado en el principio de
subsidiariedad, principio resueltamente moderno, que inspira hoy a
todas las organizaciones democráticas (es lo que ocurre actualmente
en la construcción de la Unión Europea). Así cada uno de los 47.000
grupos de trabajo que actúan en todo el mundo tiene una gran
autonomía que frena quizá la cohesión del conjunto, pero que aporta,
sobre todo, una gran capacidad de iniciativa en las realidades que
se dan sobre el terreno.
Por lo que se
refiere al problema del envejecimiento en los países donde las
Conferencias están implantadas desde hace mucho tiempo es, de hecho,
algo inherente a las organizaciones antiguas que, todas necesitan,
en un momento dado, un nuevo impulso. Este nuevo impulso es el que
intenta dar actualmente el Consejo General Internacional a toda la
SSVP, al mismo tiempo que lleva a cabo una estrategia de
consolidación del movimiento, destinada, entre otras cosas, a darle
una nueva visibilidad.
La SSVP ha sido
siempre joven y lo seguirá siendo: cuando envejece aquí, nace en
otro sitio, y renace aquí cuando pierde el aliento en otro lugar.
Parece que las Conferencias de San Vicente de Paúl, en el Viejo
Continente donde nacieron y donde están inscritos sus cimientos, se
encamina ahora hacia una aurora nueva y llena de promesas. Esto
puede ser para la juventud de Europa una formidable oportunidad.
Servir desde la amistad, a la vez a la Iglesia y a los pobres, es
algo en lo que no van a dejar de soñar los jóvenes del nuevo siglo
si son capaces de esperanza. Estamos viendo ya sus signos. A
nosotros, Vicencianos de hoy, nos toca ser capaces de acoger este
impulso y de acompañarlo mañana.
Para esto, no hay necesidad de gran revolución. Que nos baste seguir teniendo presentes estas palabras de Federico Ozanam: «La primera necesidad del hombre, la primera necesidad de la Sociedad, son las ideas religiosas: el corazón tiene sed de infinito».
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