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Beato Federico
Ozanam (1813 - 1853)
Biografía
Beatificar no significa levantar una estatua. Muy lejos de ello,
según la etimología latina beatificar significa 'hacer feliz'
(beatificare=beatum facere).
Efectivamente, con la
beatificación de Federico Ozanam la Iglesia reconoce con
solemnidad, inspirada por el Señor y para siempre, para todos
los fieles y para la juventud en particular, la santidad del
principal fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Al
mismo tiempo nos "hace felices" a todos porque este testimonio
admirable de uno de nuestros hermanos en Cristo y en humanidad
nos llena de alegría, esperanza y valor.
Entre los hombres y mujeres que
la Iglesia ha "llevado a los altares"- por usar la fórmula
consagrada - muchos son adultos y a veces ancianos, consagrados
al celibato por sus compromisos sacerdotales o monásticos.
Ahora bien, en la figura del
beato Federico Ozanam se nos propone como modelo a un hombre
joven cuya breve existencia (23 de abril de 1813 - 8 de
septiembre de 1853) ha sido de una riqueza excepcional: un
hombre que llevó el amor familiar, conyugal y paterno a un
verdadero pedestal, un hombre cuyos múltiples y diversos
compromisos, defendidos siempre con el mismo vigor espiritual,
fueron puestos al servicio de la fe, de la caridad, de la
Iglesia, del pobre, de la ciencia, de la democracia; o sea, un
hombre de carne y espíritu como nosotros que encarna un tipo de
cristiano semejante a nosotros, un ideal nutrido del Evangelio y
que responde tanto a los interrogantes contemporáneos como a las
inquietudes de nuestra generación.
No habría que olvidar en efecto
que el siglo XIX, en el que vivió y actuó Ozanam fue el prólogo
del siglo XX que ya terminó, y que, al igual que el anterior, se
encontró conmovido por ideas nuevas y por grandes cambios
tecnológicos, económicos, sociales y espirituales.
Se puede decir verdaderamente que
su vida fue única. Para ojos y corazones poco atentos, esta
existencia puede parecerse a muchas otras. En realidad ilumina
nuestro mundo, y cada vez con mayor fuerza, este mundo moderno
con ansias de luz. Cuando invoquemos al beato Ozanam no será
principalmente para obtener un favor, sino esencialmente para
que nuestra vida humana sea animada por su ejemplo y su
testimonio.
Un Hombre arraigado
en su tiempo

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Crucifijo de
Federico Ozanam
siempre presente sobre su escritorio |
Un hombre como nosotros
Se ha imaginado a Federico Ozanam
como un santo lejano, entregado tanto a Dios, a la piedad, a las
obras, que se le podría suponer extraño a las pasiones de los
hombres. Esta imagen debe ser corregida, puesto que, cuando uno
se familiariza con su abundante y maravillosa correspondencia,
cuando se interroga a los testigos de su vida cotidiana, se
descubre un alma participativa, un corazón generoso, nunca
satisfecho, siempre despierto, latiendo al ritmo de la vida de
sus familiares, de sus amigos y de sus hermanos en la
adversidad.
Un hombre de carne y
hueso
Federico no fue de hecho
diferente a sus semejantes. Llevó una vida con entera libertad,
y si esta vida fue transformada, sublimada por una santidad
adquirida progresivamente, no se entregó jamás a una visión
puritana. Como todos nosotros, Federico dio cara a lo que con
razón se ha llamado "lo terrible de la vida de cada día", la
sucesión de los días, muchos de los cuales transcurren grises y
anodinos.
Como todos nosotros, Federico se
preocupa por su salud, por el destino de los suyos, por sus
medios de existencia, por su porvenir, por su éxito, por su
promoción en la universidad, por la obtención de tal premio o
tal condecoración o, simplemente, por la vida que huye
impidiéndole culminar su obra científica.
Hay que añadir que como buen
lionés, Federico no mira con mal ojo una buena mesa o un buen
vino.
Una
sensibilidad religiosa
Pero el hombre no sólo vive de
pan, necesita sobre todo alimento espiritual del cual Federico
estuvo bien dotado, gracias a sus padres y a sus educadores. Sin
embargo fue acometido durante su adolescencia por la duda en las
verdades de la fe, en el sentido que los cristianos dan a la
vida, en cómo compaginar, cosa que resulta a veces difícil de
imaginar, entre el mundo moderno, invadido por la incredulidad y
sediento de progresos técnicos, y la revelación divina.
Atravesando esta "noche de la
fe", Federico permanece ligado a la fe de su infancia. Se empeña
en perseverar en sus deberes religiosos, en rezar, en recibir
los sacramentos. La costumbre del examen de conciencia le
permite ahuyentar lo que considera como los cuatro principales
obstáculos que impiden el avance de la gracia: la soberbia, la
impaciencia, la debilidad, la excesiva meticulosidad.
Un espíritu
lúcido
Respecto a sí mismo y a sus
defectos Federico tiene una lucidez que le induce, por una
parte, a pedir perdón a aquellos que hubiera podido herir en sus
arranques de cólera; por otra parte, se mantiene en una actitud
de humildad que no hará más que reforzarse con los años: las
deficiencias en la salud, las pruebas al final de su vida,
provocan en él una auténtica sobriedad espiritual, hasta el
abandono en la voluntad divina.
En 1848, escribe a su amigo
Foisset: "La juventud pasa y no veo que me haga mejor. Dentro de
tres meses tendré 35 años. Suponiendo que haga el resto del
camino hasta el final, tengo miedo de encontrarme allí con las
manos vacías."
Y a Dufieux, en 1850: "Me
conozco desde hace tiempo, y si Dios ha querido concederme algún
entusiasmo en el trabajo, no he tomado nunca esta gracia como el
don aparatoso del genio. He querido sin duda consagrar mi vida
al servicio de la fe, pero considerándome como un siervo inútil,
como obrero de última hora."
Si Federico defiende
apasionadamente sus ideas, se muestra respetuoso con las
posiciones de aquellos que no las comparten: "Aprendemos a
defender nuestras ideas sin odiar a nuestros adversarios, y
amando a aquellos que piensan de manera diferente a la nuestra."
En cambio, soporta mal la
intransigencia de los intolerantes, "los guardianes de la
ortodoxia que hacen de su opinión política un artículo 13 del
Símbolo". Por esa razón se subleva contra ciertos artículos
del "L'Univers", periódico de Louis Veuillot, lider de los
católicos intransigentes y adversarios de los católicos
liberales.
A su amigo Alexandre Dufieux,
quien parece abrumado por los argumentos de Veuillot, Ozanam le
envía una carta: "¿Estaría yo, querido amigo, agotado por la
fatiga a los 37 años, sometido por enfermedades precoces y
crueles, si no hubiera estado sostenido por el deseo, por la
esperanza de servir al cristianismo? ... Ciertamente no soy más
que un pobre pecador ante Dios, pero Él no ha permitido que yo
haya dejado de creer, o que haya negado, disimulado, atenuado,
ningún artículo de fe.."
Federico Ozanam fue el hombre
de las bienaventuranzas evangélicas: de espíritu humilde,
bondadoso, de corazón puro, fue perseguido por la justicia por
haber sido el jefe del "partido del amor", el fundado por
Cristo.
Amelia Ozanam y su
hija
Maria Ozanam
El Hombre de Familia
Antonio Federico Ozanam nació el
23 de abril de 1813 en Milán, Italia.
La familia Ozanam era oriunda de Dombes, sudoeste del
departamento de L'Ain, al noreste de Lyon, Francia. Fue en
Chalamont, en Dombes donde en 1773 nació Jean-Antoine François,
padre de Federico.
Hijo de un notario real bajo
Louis XV, y que llegó a ser juez real, tuvo en su jurisdicción
el pueblo de Chatillon-sur-Chalaronne, donde San Vicente de
Paúl, párroco en 1617, fundó la primera "cofradía de la
caridad".
Sobrevino la Revolución Francesa
y lo trastornó todo, en particular la vida de los lioneses.
Jean-Antoine Ozanam, pasante de notario, tenía 20 años cuando
fue afectado por el "enrolamiento masivo" de los jóvenes: se
convirtió en uno de aquellos "soldados del año II" que serían
exaltados por Victor Hugo.
Con el 1º de los húsares, donde
fue alférez desde 1796, participa en la Campaña de Italia
conducida por Bonaparte. Licenciado del ejército en 1799,
Jean-Antoine se instala en Lyon donde contrae matrimonio el 21
de abril de 1800 con Marie Nantas, de 19 años, hija de un
comerciante de sedas de Lyon. Marie Nantas seria para su marido
una esposa abnegada y para con sus hijos, una madre
incomparable.
Iniciándose al lado de su suegro
en el negocio de la seda, Jean-Antoine se instaló con su esposa
en Lyon. Pero, inmediatamente después del nacimiento de la
primogénita, Elizabeth (Febrero de 1801), los Ozanam confrontan
un problema que durará varios años: Jean se encuentra a menudo
sin empleo. Establecido en Paris a finales de 1801, se lanza a
los negocios, siempre desafortunados, que lo llevan a menudo al
extranjero.
En 1807, deja la capital, instala
a su mujer y sus hijos en Lyon y se va a recorrer Italia como
viajante de comercio. En 1809 hace venir a su familia a Milán,
donde se establece. El 27 de diciembre, después de un año de
arduo trabajo, se gradúa como doctor en medicina y se convertirá
en "el buen Ozanam".
Los desastres de Napoleón van a
obligar a la familia Ozanam a dejar Milán el 31 de octubre de
1816. Se embarcan para Marsella y se instalan de nuevo en Lyon,
calle Pizay, cerca del Ayuntamiento, y el doctor Ozanam se
convierte en médico del hospital Hotel - Dieu en 1817.
Federico dedicará un verdadero
culto a su padre. El doctor Ozanam es un hombre de ciencia cuyas
investigaciones y trabajos son los más adelantados de una
medicina todavía un poco arcaica, pero sobre todo es el tipo de
médico de familia, infatigable, humano y compasivo, quien
considera la medicina como una vocación. A sus hijos les dirá
que para cumplir dignamente con esa misión, hay que estar
dispuesto a dar su vida por los enfermos. Después de las
sangrientas revueltas de 1831 y del cólera mortífero de 1832 se
verificará la autenticidad de tal propósito.
Ternura Filial
De su madre Federico conservará
un recuerdo imperecedero: cristiana cuya fe fue probada por los
infortunios, comparte junto con su marido una vida de trabajo
incesante vivificado a diario por la oración y la práctica de
las virtudes evangélicas. La vida religiosa de la familia Ozanam
se desarrolla en el marco de la parroquia lionesa de San Pedro y
San Saturnino. En las rodillas de su madre Federico, igual que
los otros niños, aprende la grandeza y dulzura de Dios, el gusto
de la oración y las virtudes prácticas. Cada tarde se reúne el
hogar entorno a JeanAntoine y Marie para orar, para la plegaria
seguida de una lectura piadosa.
¡Y qué hogar tan afectuoso! En él
una cierta austeridad es atenuada por un afecto sin límites y
también por un gran humor.
Al lado de su madre, Federico
goza del calor de otras dos presencias femeninas: la de la
hermana mayor, Elisa (Elisabeth) - doce años mayor que él y de
quien escribirá:
"Tenía una hermana, una hermana muy querida
que me instruía conjuntamente con mi madre, con lecciones que
eran tan agradables, tan bien presentadas, tan apropiadas a mi
inteligencia infantil que en ellas encontré un verdadero
gozo..." Y la de la fiel servidora de la familia, Marie
Cruziat, familiarmente llamada "la Vieja María" o "Guigui".
Tenía 45 años cuando nació Federico; murió en 1857 a los 89
años, después de que permaneciera 72 años al servicio de tres
generaciones de los Ozanam.
Firmeza en la
adversidad
Pero esta felicidad tiene un
reverso: los duelos repetidos, la muerte de 11 de los 14 hijos
de Jean y de Marie Nantas; diez son niñas, casi todas
arrebatadas a la vida en edad muy temprana o ya muertas al
nacer. Sólo había sobrevivido la mayor, Elisa, el ángel de la
guarda de los más pequeños, la amiga y compañera de su madre, la
felicidad de su padre, quien, siendo él mismo buen músico, le
había hecho dar lecciones de música, de dibujo y de inglés. Pero
he aquí que el 29 de noviembre de 1820, Elisa, aquella joven
bondadosa, alegre y jovial, también fue arrebatada por la muerte
a los 19 años.
El haber visto llorar tanto a sus
padres las pérdidas de sus hijos, debió reforzar la sensibilidad
innata de Federico y volverlo atento de por vida al dolor de sus
semejantes. Además, en un hogar con recursos a menudo limitados,
Federico aprendió que la pobreza no es tan sólo el signo
distintivo de aquellos a los que se les llama pobres, sino que
también ronda a menudo en torno a los denominados burgueses.
"Doy gracias a Dios por haberme
hecho nacer en una de esas situaciones en el límite entre la
estrechez y el desahogo, que habitúa a las privaciones sin dejar
que se ignoren en absoluto los gozos, en que uno no puede
dormirse en la saciedad de todos los deseos, pero que tampoco
puede estar distraído por la preocupación permanente por
satisfacer las necesidades básicas." (carta a François
Lallier, 5 de noviembre de 1836).
La atención que manifestará toda
su vida para con los obreros y obreras se la debe también al
ejemplo de su madre que, aunque agotada por las ocupaciones
domésticas, encontraba tiempo para dedicarse a la sección San
Pedro de la Sociedad de Veladoras, compuesta por obreras que una
tras otra y gratuitamente, pasaban la noche con las mujeres
enfermas o desamparadas.
Después de la muerte, a los tres
meses, del pequeño Louis-Benoît, en 1822, y del nacimiento en
1824 de un último hijo, Charles, la familia Ozanam se encuentra
reducida a tres niños: Alphonse (1804 -1888), quien será
sacerdote y alcanzará el título de monseñor; Charles
(1824-1890), que será médico como su padre; y Federico, nacido
en 1813.
El retorno al Señor de las
hermanas más pequeñas, y después el del padre (1837) y el de la
madre (1839), reforzarán los lazos que unen a los tres hermanos
Ozanam.
Luego de su boda con Amélie
Soulacroix, en la iglesia San Nizier, en Lyón, el 23 de junio de
1841, Federico manifestará para con su familia política la misma
piedad filial, con todo lo que esta palabra contiene para él de
respeto y de ternura.
El Hombre de Dos
Ciudades: Lyón y Paris
Federico Ozanam declaró un día:
"Se ha dicho que París era la cabeza del reino y que Lyón era
el corazón." Lo que es verdad para Francia lo fue igualmente
en la vida de Federico. Si las necesidades profesionales
dividían su existencia entre la capital y la Sede Primada de las
Galias, la mente de Federico estaba frecuentemente en París,
indiscutible hogar de la cultura, mientras que su corazón
permanecía en Lyón.
Lyón: lugar
espiritual, hoguera de la Revuelta
Del apego de Federico a Lyón,
ciudad donde pasó su infancia, su adolescencia y algunos de los
mejores años de su juventud, donde se casó y a la que, como lo
escribe en 1832, le unían "las costumbres de la infancia, los
afectos domésticos y los lazos de la amistad", hay muchos
testimonios, abundantes en su correspondencia. Así, en una carta
enviada desde París, en 1843, a Dominique Meynis: "Usted sabe
que tengo apego a Lyón por las raíces que he echado en el
corazón... Desde que fui llamado a mis peligrosas funciones en
París, cada año que he ido las he puesto bajo la protección de
Nuestra Señora de Fourvière, a la que he sido consagrado desde
la infancia".
Y a su hermano Charles, también
desde París, en 1850: "Te escribo para que no pases por Lyón
sin que me recuerdes, para que no te sientas solo en una ciudad
donde todo nos es común, donde debes más que nunca pensar en
todos aquellos que nos faltan" (el padre y la madre
descansan en el cementerio de Lyón).
Cuando la familia Ozanam se
instala en Lyón en 1816, la ciudad cuenta con sólo 140.000
habitantes, tendrá 180.000 en 1846 y el aumento de la población
fue sensible en la Guillotière y sobre todo en la colina de la
Croix - Rousse donde, aprovechando la venta de los viejos
terrenos monárquicos, los obreros especializados en la seda,
instalan nuevos talleres bastante altos de techo para contener
las instalaciones mecánicas de Jacquard, que aseguran la
supremacía de Lyón en materia de seda. En 1831, cuando los
obreros se sublevan contra las condiciones salariales impuestas
por los fabricantes, se contarán 8.000 jefes de talleres de la
seda.
Federico amaba esta ciudad
situada en la confluencia del Ródano y del Saona, con las calles
altas y estrechas, sus muelles, sus colinas, sus pendientes, sus
panorámicas, sus alrededores risueños, sus ruidos, el
entrechocar de los metales, los relinchos de los caballos que
tiran de las numerosas y pesadas cargas con fardos de seda, su
población laboriosa y activa.
Lyón es sobre todo un lugar
espiritual de renombre cuya vitalidad contribuirá enormemente a
hacer de Federico Ozanam uno de los pioneros de la renovación
católica en Francia. En 1905, un periodista hará una justa
observación: "La ciudad de Lyón ha sido siempre y tiende
a convertirse cada vez más en un radiante foco de la vida
espiritual y del pensamiento cristiano. El alma lionesa
profundamente religiosa se compagina con un espíritu frío,
singularmente práctico y con un carácter a la vez audaz y
emprendedor".
Cuna de la primera comunidad
cristiana y de la primera iglesia episcopal de los Galos (Siglo
II), de donde viene el título de "Primado de las Galias", título
ostentado durante mucho tiempo por su arzobispo, y de nuevo foco
religioso ardiente del siglo XI al XIV, Lyón conoce a lo largo
de los siglos XIX y XX una intensa vitalidad espiritual
("Escuela de Lyón " crónica social, Resistencia del Espíritu
durante la Segunda Guerra Mundial).
Al día siguiente de una
Revolución que la dislocó, la Iglesia de Lyón, gracias
particularmente al Cardenal Joseph Fesch, tío de Napoleón,
encuentra enseguida su equilibrio. Las obras, las instituciones
se multiplican, la más resplandeciente, la más universal es la
Propagación de la Fe, imaginada en1820 por Pauline Jaricot, hija
de un comerciante de telas, en Lyón, quien se convierte en el
símbolo y el soporte del renacimiento francés de las misiones
católicas. Federico, que será uno de los que darán vida a la
obra, la considerará siempre como típicamente lionesa: en 1845
cuando se encontraba en París como corresponsal del Consejo de
Lyón, escribe: "Así como no nos quitaron ni a Santa Irene,
ni a Nuestra Señora de Fourvière, tampoco nos quitarán la
Propagación de la Fe".
En Lyón más que en otro lugar
existen pobres que reclaman la atención y la abnegación de los
católicos. En el momento de las grandes inundaciones de 1840,
Mons. Maurice de Bonal, el nuevo arzobispo, evaluará en 20.000
el número de pobres en Lyón. La mortalidad allí es superior al
resto de Francia, elevándose hasta el 30 por 1.000 en 1834, año
de miseria, huelgas, perturbaciones, epidemias de viruela y
tifoidea. Es más, el invierno de 1829-30, de frío intenso, azotó
desde el mes de octubre hasta febrero. La mortalidad se duplicó.
Recordamos que las revueltas sangrientas de los "obreros de la
seda", en noviembre de 1831 y abril de 1834, se saldaron con
centenares de muertos.
No debemos pues sorprendernos de
ver a Federico comprometerse muy pronto en desarrollar la
Sociedad de San Vicente de Paúl en Lyón, donde residirá de 1836
a 1841.
El cuadro de un Lyón ferviente no
debe hacer olvidar que existen también, en la ciudad de la seda
y de los obreros, fuertes corrientes anticlericales: en 1820 las
diez logias masónicas de la ciudad se reconstituyeron, como
siempre muy sensibles a la alianza, frecuentemente comprobada,
entre la incredulidad y el egoísmo burgués. El 15 de enero de
1831, manifiesta a sus amigos la aversión que le produce la
nueva clase en el poder, en Lyón también: "Se vive una vida
industrial y material; cada cual piensa en su comodidad
personal, en su bienestar particular..., pan y dinero, eso es lo
que se quiere y pretende".
Esta atmósfera de incredulidad
contribuye a sembrar en el corazón de este adolescente elementos
de duda religiosa. Ingresa en el Colegio Real de Lyón, en clase
sexta, en octubre de 1822, cursa estudios clásicos sólidos y
brillantes. Es en Retórica donde, en 1827, su fe es puesta en
prueba. Pero será en este mismo colegio donde gracias a su
profesor de filosofía, el padre Joseph Mathias Noirot,
encontrará la paz del alma al mismo tiempo que la luz
espiritual.
Licenciado en Letras, en 1829,
Federico decide "consagrar sus días al servicio de la Verdad".
Incluso proyecta hacer una "demostración de la Religión
Católica a través de la antigüedad de las creencias históricas,
religiosas y morales".
Este proyecto se nutre de la
lectura de Chateaubriand, de Lamartine y Lamennais, apologistas
prestigiosos del cristianismo, quienes seducen entonces a tantos
jóvenes y cuya argumentación y estilo romántico influirán en
Ozanam. Él encuentra también el reposo del espíritu y el
entusiasmo del joven cristiano al frecuentar a los grandes
pensadores lioneses que encontrará en París: André Marie Ampère
(1775-1836), miembro de la Academia de Lyón que ha escrito una
tesis acerca de las "Pruebas históricas sobre la divinidad del
cristianismo", y Pierre Simon Ballache (1776-1847) escritor que,
en 1801, mandó imprimir en la tipografía de su padre "Du
Sentiment", que anticipa "El Genio Del Cristianismo"; Ballache
comunicará a Federico la esperanza que, como ciudadano y
cristiano, pone en el espíritu de libertad y de solidaridad.
En octubre de 1830, Federico, a
quien todo inclina hacia las letras y la historia, pero que su
padre destina al derecho, entra como pasante en el estudio del
procurador Jean Baptiste Coulet, abogado ante el tribunal de
primera instancia de Lyón. Un año más tarde, 1 de noviembre de
1831, viajó en la diligencia de los Servicios Reales que, en
cuatro días, lo llevará a París, donde cursará estudios de
derecho.
París: Capital
intelectual, crisol de miseria
Así es como, el 5 de noviembre de
1831, Federico Ozanam descubre la capital. De entrada, la gran
ciudad le desilusiona. La vista y la visita de sus más célebres
monumentos no le satisfacen; toma conciencia enseguida de que
más allá de sus bellezas y sus luces "la vieja Lutecia"
esparce también sus "horrores, sus barracas, su corrupción".
Un lujo ostentoso se roza con una miseria espantosa, la misma
que algunos años más tarde, Victor Hugo describirá en "Los
Miserables".
El París de Luis Felipe donde se
instala el estudiante Ozanam no es todavía el París que el barón
Haussmann (nombrado prefecto del Sena el 28 de junio de 1853)
transformará hasta el punto punto de convertirla en la "Ciudad
Luz" donde viven alrededor de 700.000 parisinos. Muchos conocen,
sin embargo, una condición precaria en esta metrópolis todavía
mal adaptada a las exigencias de la vida moderna.
A excepción de los barrios
aristocráticos, se ve casi en todas las partes casas altas, a
veces destartaladas, que están como suspendidas sobre calles
estrechas, amontonadas y sucias, sin alcantarillado ni aceras,
ruidosas con los gritos de los comerciantes y sobre todo con los
ruidos causados por el pavimento desigual, el mal estado de las
ruedas y de los muelles de innumerables coches de caballos. Se
comprende que el espectáculo espantoso del cólera, que hizo una
veintena de miles de victimas en la capital, en 1832, haya
podido impresionar profundamente a Federico.
La mayoría de los habitantes
disponen de ingresos tan bajos todavía en 1846; en una población
de alrededor de 1 millón de habitantes, más de 650.000 estarán
exentos de impuestos. Dos de cada tres de ellos no tienen con
qué pagar su mortaja, la mortalidad del 30 por 1.000 es
claramente superior a la media francesa.11.000 de los 27.000
fallecimientos anuales tienen lugar en el hospital, lo que
constituye una proporción considerable cuando uno recuerda el
terror que inspiraba al pueblo este lugar siniestro.
En las vísperas de la Revolución
de 1848, parís cuenta con 300.000 indigentes. La ciudad está
roída por llagas morales siempre abiertas: el abandono de los
niños, la prostitución; la práctica corriente de los obreros y
de la gente del pueblo del concubinato. Hacía falta recordar
estas taras y estas miserias para comprender la vocación
caritativa y social de Federico Ozanam.
Naturalmente esta ciudad de
tradición revolucionaria, cuyas calles estrechas son propicias a
la formación de barricadas, es el teatro de convulsiones
sociales: Federico asistirá a las insurrecciones obreras de
1832,1833,1834, así como a la puesta en marcha de leyes
policiales duras, como consecuencia del atentado perpetrado en
junio de 1835 por Fieschi contra la persona del rey Luis Felipe.
Así comprendemos que en este
París oscuro, Federico Ozanam se haya sentido, primero
desconcertado, descorazonado, incluso horrorizado. Más aún
cuando este hombre sensible soporta mal la soledad y, sobre todo
el alejamiento de sus seres más queridos: "Yo, tan
acostumbrado a las charlas familiares..., aquí estoy tirado sin
apoyo, sin lugar de reunión, en esta capital del egoísmo, en
este torbellino de pasiones y de errores humanos"; "¡Cómo echo
de menos a mis padres! Soy muy joven para poder acostumbrarme,
al volver a casa, a encontrar mi hogar desierto y acostarme sin
poder decir a alguien lo que siento en el corazón. Separado de
aquellos que yo amaba, no puedo echar raíces en este suelo
extrañp; siento en mí un no sé qué de infantil que necesita
vivir en el hogar doméstico, a la sombra del padre y de la
madre, algo que se marchita en el ambiente de la capital".
Afortunadamente, existe el Barrio
Latino, donde se hospeda Federico, poblado por sus 5.000
estudiantes; muchos de ellos eran de Lyón. En el seno de la
colonia lionesa de París, André-Marie Ampère le abre su casa, en
la que Federico reencuentra otra vez la alegría de vivir y puede
conservar su fe cristiana.
París es considerado como "una de
las capitales de la incredulidad". La influencia de Voltaire en
una parte importante de la burguesía pudiente y dirigente, así
como en la mayoría de los universitarios, mantiene allí una
atmósfera de la que Federico solo puede substraerse en compañía
de cristianos convencidos como Emmanuel Bailly y André-Marie
Ampère o frecuentando a los intelectuales católicos liberales,
en quienes admira la alianza armoniosa de la fe, la elocuencia,
el valor, la libertad de espíritu y de expresión: Félícité de
Lamennais, Henri-Dominique Lacordaire, Charles de Montalembert y
Alphonse de Lamartine.
Escuchando a estos maestros es
como Federico se convence de "la falta que hace que en alguna
parte sea dicha una palabra creyente, que una enseñanza
religiosa sea dada, a un nivel de conocimiento profundo y
notable que haga trizas de las doctrinas racionalistas
difundidas por los maestros de las cátedras oficiales" (Marcel
Vincent).
Pero Federico está en París para
perfeccionar sus estudios. Licenciado en Derecho (1834) y Letras
(1835), Doctor en Derecho (1836) y Letras (1839), ejercerá en
1837 la profesión de abogado en el Colegio de Abogados de Lyon.
Es en esta ciudad donde en 1839 es titular de una cátedra de
Derecho Comercial. Al año siguiente es admitido en el concurso
de Agregación para la enseñanza universitaria en Facultades de
Letras, orientándose hacia la enseñanza literaria. Poco tiempo
antes de su boda es nombrado, el 9 de octubre 1840, suplente de
Claudio Fauriel en la cátedra de literatura extranjera en la
Sorbona. Los recién casados se instalan entonces en París donde
Federico adquiere la titularidad de la cátedra en 1844, y donde
reciben la gracia, en 1845, de enriquecer su hogar con la
encantadora Marie.
Federico, que fue durante mucho
tiempo alérgico a la capital, admite que París es verdaderamente
la ciudad "donde todo se vuelve activo; las ideas, los
trabajos del espíritu, las conversaciones, y hasta las mínimas
relaciones de sociedad"
Un
Hombre todo corazón
Federico fue todo amor. Toda su
vida vibró al contacto con los otros: amigos, parientes,
estudiantes. Manifiesta muchas veces en sus cartas la necesidad
de los demás: "Formo parte de aquellos que necesitan
compañía, ser alentados, y Dios no me ha dejado vivir sin estos
apoyos". Y aún, cuando apenas tiene 18 años, escribe a
Augusto Materne: "Oh amigo mío, que la ley del amor sea la
nuestra y, rechazando las glorias vanas, nuestro corazón arderá,
sólo para Dios, para los hombres y para la auténtica
felicidad".
Una red de
amistades
En la vida de Ozanam la amistad y
el amor fueron siempre indisolubles. No es muy común en la
historia cristiana encontrar una sensibilidad como la suya,
constantemente en armonía con la alegría y los dolores de
aquellos a quienes ama. Sin duda podemos ver su sensibilidad
franciscana, muy presente a lo largo de su existencia.
Sus numerosos amigos parecen
haber formado, alrededor de este hombre ultra-sensible, un
círculo fraternal y caluroso. El alejamiento, aunque fuese
corto, un nacimiento, una boda o el sufrimiento, la enfermedad,
el luto...: ahí está Federico sobrecogido enteramente por el
acontecimiento. Piensa que "Dios ha puesto en nuestras almas
dos necesidades. Se necesitan padres que nos quieran, pero
también nos hacen falta amigos que se sientan ligados a
nosotros: la ternura que proviene del seno familiar, y el cariño
que proviene de la simpatía son dos gozos de los cuales no
podemos prescindir y por consiguiente lo uno no puede sustituir
a lo otro".
Lo dice a Henri Pressonneaux:
"Tengo la costumbre de identificarme con mis amigos, de formar
con ellos otra familia, de rodearme de ellos para tapar los
vacíos que la desgracia ha puesto ante mí..."
Las más viejas amistades de
Federico, las más tiernas, tal vez por sus raíces provienen de
la infancia, fueron sus amistades lionesas, encabezados por sus
dos primos Henri Pessonneaux y Ernest Falconnet.
A los primeros compañeros de
infancia de las calles empinadas del barrio de la Croix-Rousse,
como Pierre Balloffet, se añaden en el corazón de Federico los
amigos del colegio: Joseph Arthaud, Prosper Dugas, August
Materne, Hippolyte Fortoul (futuro ministro de Napoleón III),
Amand Chaurand, Louis Janmot, Antoine Bouchacout... Instalado en
París. Encuentra allí a varios en la colonia lionesa del
Quartier Latin y también nuevos amigos.
Manteniendo con sus amigos de
Lyón una correspondencia regular y siempre cariñosa, Federico
encuentra en casa de Ampère o en la de Charles Montalembert,
jóvenes provincianos con quienes forja amistad; el 19 de marzo
de 1883 informa a Ernest Falconnet: "Somos una decena, unidos
más estrechamente por los lazos del espíritu y del corazón, una
especie de caballeros literatos, amigos abnegados que no tienen
secretos, cuyas almas se abren para decirse cada cual sus
alegrías, sus esperanzas, sus tristezas". Evoca en sus
cartas las interminables veladas de discusiones e intercambio de
ideas a la luz de la luna, en los alrededores del Panteón.
Un amor familiar
Respecto a su padre y a su madre,
Federico Ozanam manifestó un cariño extraordinario. Su
desaparición provocó en él un trastorno que él tradujo en
términos muy emotivos. Al día siguiente de la muerte de su
padre, en 1837, confía a Ernest Falconnet: "¡Qué soledad a
partir de ahora en la tierra! ¡Qué vacío alrededor y encima de
nosotros! Verse en medio de la gente sin una cabeza que
sobrepase las otras, sin manos que se extiendan sobre nosotros
para protegernos. ¡Haber vivido veinticuatro años bajo la sombra
y al abrigo, y encontrarse de golpe desprotegido a la hora de
las tempestades! ¡El oráculo doméstico se ha enmudecido, la
providencia de la familia se ha vuelto invisible! ¿Es posible
encontrar aflicciones tan vivas, una tal desolación? "
El fallecimiento de su madre en
1839 ahonda su sufrimiento. Escribe a Edouard Reverdy: "¡Oh
amigo mío, nos encontramos huérfanos! ¡Qué momento éste!
¡Cuántas lágrimas! ¡Cuántos sollozos! Nuestra edad parece
convertirnos, a mi hermano mayor Alphonse y a mí, en más duros,
más fuertes. Pero hemos vivido tanto la vida de familia, nos
encontrábamos tan bien bajo las alas de nuestra madre que jamás
nos hubiéramos marchado sin un espíritu de regreso al nido
natal".
Federico trasladará su afecto filial hacia sus padres políticos
Soulacroix a quienes en sus cartas llama: "mi buen padre, mi
madre muy amada". El 23 de junio de 1841, después de vacilar
mucho tiempo ante el compromiso matrimonial, se casó en Lyón con
Amélie Soulacroix, hija del rector de la Academia de Lyón. Este
acontecimiento, y luego el nacimiento de la pequeña Marie (25 de
Julio de 1845) maduran y transforman al hombre: Ozanam se vuelve
menos ansioso, menos reservado, y aún más abierto.
De forma que Federico no se nos
presenta como un santo asceta, sino más bien como un cristiano
en quien el amor conyugal y paterno han hecho brotar nuevas
fuentes de ternura y de solicitud hacia los demás. Cuando habla
de su mujer y de su hija lo hace en términos emocionalesles. He
ahí por ejemplo, describiendo a Falconnet el nacimiento difícil
de su hija Marie: "Querido amigo, tú conocerás estas
emociones cuando al cabo de varias horas de dolores
horribles...se oye el ultimo grito de la madre y el primer grito
del recién nacido; cuando se ve de repente aparecer a esta
pequeña criatura, pero esta criatura inmortal de quien somos
depositarios,. Ocurre entonces en el fondo de las entrañas, no
metafóricamente, un no se qué de terrible y de soberanamente
tierno. Existe todo un trastorno de toda la organización y de
toda el alma y se siente como la mano de Dios que te arregla
interiormente y te modela un nuevo corazón."
Cuando está ausente Amélie, cuyo
corazón es tan acorde con el suyo, y que él llama "mi muy
amada", "mi tierna predilecta", "mi bella y querida alma", o
cuando él mismo se encuentra lejos de ella, cuánta ternura con
tintes de nostalgia se expresa en las cartas que Federico le
envía. Por ejemplo, en julio de 1844: "Mi muy amada, esperaba
con todo el ardor de la esperanza tu querida carta de esta
mañana. No me dices si habías dormido bien, si tu malestar era
más grave que de ordinario ¿Cómo van tus pobres ojos? Me lo
dirás en tu próxima respuesta..."
Incluso se expresa en poemas. No
es por causalidad que este escritor, tan enamorado de Italia se
haya interesado mucho por los poetas franciscanos de la Italia
del siglo XIII. Su correspondencia, que no es nunca banal,
abunda en descripciones a la vez precisas, coloreadas,
personales, calurosas, de las ciudades y países visitados, de
los paisajes y de los monumentos admirados. Bajo su pluma, la
montaña, el mar, Florencia, Pisa, Roma, Burgos, Biarritz,
parecen seres vivientes, en todo caso seres acordes con genio
del hombre y la grandeza de Dios.
Un
Profeta Cristiano
El
carisma de Federico Ozanam
Según la Biblia un profeta es un
hombre que, inspirado por Dios, en tiempos difíciles, desolados
o trastornados, pronuncia, grita palabras fuertes, incómodas,
aptas para hacer reflexionar a sus ciudadanos, reprendiendo las
facilidades, las perezas.
Una conciencia clara
de su vocación
En ese sentido, podemos
verdaderamente decir que Federico Ozanam fue un profeta, pero un
profeta cristiano. Como afirma en su carta a Ernest Falconnet en
1834: "Las ideas religiosas no tendrán ningún valor si no
tienen un valor práctico y positivo. La religión sirve más para
la acción que para el pensamiento." El joven Federico
siempre ha pensado que tenía una misión propia que le movía a la
obligación de salir de sí mismo, de mezclarse con el mundo y con
los que viven en él, con la finalidad de poner a su disposición
las luces y las fuerzas que, a pesar de su indignidad, Dios le
había dado. Tiene 18 años cuando confiesa a su amigo Fortoult:
"Cuando mis ojos se vuelven hacia la sociedad, la variedad
prodigiosa de los acontecimientos produce en mí los sentimientos
más diversos... Estas consideraciones me animan y hacen que
penetre en mí un particular entusiasmo.. Me digo que el
espectáculo al cual estamos convidados es grande; que es hermoso
vivir en una época tan prodigiosa, que la misión de un joven en
la sociedad es hoy muy grave y muy importante... Me complace
haber nacido en una época en que, a lo mejor, tendré que hacer
mucho bien, y entonces siento un nuevo ardor para el trabajo."
"Para comprometerse con este
proyecto de regeneración de la sociedad, hija bastarda de la
ideología de las Luces, harían falta jóvenes cristianos de
corazón entusiasta y de armadura bien templada. Sin presentarse
como modelo, Federico es consciente de haber sido conducido, por
la gracia, hasta el punto en que ya no puede dudar ni de su
fuerza, ni de su vocación" (Marcel Vincent).
Una fe robusta y
radiante
Al haber encontrado la fe, sueña
con una renovación del catolicismo: "Lleno de juventud y de
fuerza, se elevaría de golpe ante el mundo, encabezaría el siglo
renaciente para llevarlo a la civilización, a la felicidad."
Al día siguiente de la revolución de 1830 y del advenimiento del
rey burgués, eso puede parecer utópico, sin fundamento. En
Federico, esta visión procede de una lucidez cuyo secreto y
fuerza residen en una fe cristiana renovada.
En este corazón nada intercepta
la luz. En una carta de 1852 a su amigo Charles Hommais,
declara: "Estoy profundamente convencido por las pruebas
interiores del cristianismo. Llamo así a esta experiencia de
cada día que me hace encontrar en la fe de mi infancia toda la
fuerza y toda la luz de mi edad madura, toda la santificación de
mis alegrías domésticas, todo consuelo de mis penas".
En esa carta se encuentra su
famosa frase: "Tenemos dos vidas, una para buscar la verdad,
la otra para practicarla." En una época de incredulidad en
la que la institución eclesiástica es ultrajada, la fe
sólidamente anclada de Federico alcanza su plenitud de manera
natural en el seno de la Iglesia, "mi iglesia", como le
gustaba decir. Ésta no podría ser para él más que la Santa
Iglesia Católica Romana en suyo seno ha sido bautizado, educado,
instruído y que, para él, tiene la inmensa superioridad de
poseer como jefe a un Pontífice cuya autoridad es el reflejo de
la de Dios.
Si bien es un católico liberal,
un católico convencido de la alianza natural entre el Evangelio,
la Iglesia y la Libertad, Federico Ozanam también era un
católico romano, ultramontano, como se dice en su época: como
muchos otros, encuentra en Roma el hogar radiante, centro vivo
de un cristianismo auténtico. Ahora bien, en 1846 accede al
trono pontificio un papa, Pío IX, que es a la vez joven, liberal
y decidido en hacer del papado el recurso supremo de una
humanidad en perdición.
La devoción de Federico por Pío
IX, quien le recibe varias veces en Roma, está a la altura de la
esperanza que él pone en la Iglesia Católica. Cuando habla de
ella es con fervor, con entusiasmos. En 1847, escribe a su amigo
Jean-Jacques Ampère: "Veo al papa, al igual que sus más
grandes predecesores, lleno de una profunda fe en su título de
Vicario de Jesucristo y de un sentimiento de su indignidad; pone
en suspenso a medias esta cualidad de príncipe temporal que tal
vez se dio demasiado desde Julio II y León X, y que había
contribuido a levantar tantas prevenciones dentro y fuera de
nosotros. Y, al mismo tiempo, se encuentra con él, más
reconocible que nunca, el obispo de Roma, esta autoridad
paternal y desinteresada que nadie tendría el valor de odiar y
ante la cual es muy difícil no doblegarse."
Un compromiso
valiente
La lucidez de Federico,
alimentada por la fe, sólo es igualada por su valentía, una
valentía que los contemporáneos no esperaban encontrar en un
hombre profesionalmente instalado y de frágil salud. Coraje en
denunciar las perezas de un clero que las ventajas del
Concordato de 1801 le vuelven menos sensible a las desgracias de
este mundo. No vacila, a través de su hermano mayor, el padre
Alphonse, en interpelarle: "No cumplen verdaderamente con su
misión... Si un número mayor de cristianos y sobre todo de
eclesiásticos se hubiese ocupado de los obreros diez años antes,
estaríamos más seguros del porvenir..." Además, "Hace
falta que los curas renuncien a sus pequeñas parroquias
burguesas, rebaño de élite en medio de una inmensa población que
ellos no conocen..."
Estas posiciones valientes,
reforzadas por las opciones políticas, la democracia cristiana y
social de Federico, hacen brotar enemistades, tanto entre los
católicos conservadores como entre aquellos que se basan en un
socialismo alejado de la iglesia. No fue eso obstáculo para que
a los ojos de muchos de su generación pasase por un guía, un
pionero, un profeta. Él mismo lo reconocía ya, con su humildad
acostumbrada, en una carta de 1834 a Ernest Falconnet: "Estoy
rodeado, en cierta forma, de seducciones de toda índole; se me
solicita, se disputan por tenerme, me ponen en evidencia...
Porque Dios y la educación me han dotado de cierto tacto, de
alguna capacidad de ideas, de cierta amplitud de tolerancia,
quieren que yo sea una especie de jefe de la juventud católica
de este país: muchos jóvenes con muchos méritos me conceden una
estima de la cual me siento muy indigno... Sin embargo, el
cúmulo de circunstancias exteriores ¿ no puede ser acaso un
signo de la voluntad de Dios?".
Fe
y Caridad
Los
pobres, rostro de Cristo
Para Federico Ozanam, la fe sin
caridad no tiene ningún sentido. Por eso, cuando se dirige a sus
jóvenes amigos, sus consejos se tornan en reprimendas: "La
tierra se ha enfriado, somos nosotros los católicos a quienes
corresponde reanimar el calor vital que se apaga, es a nosotros
a quienes corresponde comenzar de nuevo la gran obra de la
regeneración, aunque fuera necesario comenzar de nuevo la era de
los mártires".
¿Nos quedaremos inertes en
medio de un mundo que sufre y gime? Y nosotros, mi querido
amigo, ¿no haremos nada para parecernos a esos santos a los que
queremos?
Si no sabemos amar a Dios... pues
parece que hace falta ver para amar y sólo vemos a Dios con los
ojos de la fe. Y nuestra fe es tan débil. Pero a los hombres,
pero a los pobres, los vemos con los ojos de la carne! Ellos
están ahí y podemos poner el dedo y la mano en sus llagas; las
huellas de la corona de espinas son visibles en sus frentes; y
ahora la incredulidad ya no tiene espacio posible y deberíamos
caer a sus pies y decirles como el apóstol: 'Tu es Dominus et
Deus meus'. Ustedes son nuestros amos y nosotros seremos sus
servidores, Ustedes son para nosotros las imágenes sagradas de
ese Dios al que no vemos, y como no sabemos amarle de otra
manera, lo amaremos en sus personas..."
Estas admirables palabras son el
eco de las de San Vicente de Paúl, este santo cuya casa natal en
Pouy, en las Landas, será el objetivo de la última peregrinación
de Federico, en noviembre-diciembre de 1852. Este santo se
convirtió en el modelo, el protector de la Conferencia de
Caridad de la cual Federico Ozanam fue, en 1833, uno de los
promotores, y que se extendería en el marco de la Sociedad de
San Vicente de Paúl.
La
caridad, hija de la fe
Federico insiste mucho en la
defensa y en la exaltación de la fe católica. Por eso, junto con
muchos estudiantes, quienes comparten tal fe con él, se dirige
al arzobispo de París, Mon. De Quélen, para sugerirle que una
predicación fuerte y convincente sea organizada para la gente,
en particular para la la juventud, en la Catedral de Nôtre Dame,
en París. Es así como nacen, después de dos años de tratos, las
célebres "Conferencias de Nôtre Dame" a las que Henri Lacordaire
confirió enseguida carta de nobleza.
Por su parte Emmanuel Bailly
reunió en la plaza del Estrapade, un círculo literario o
Conferencias de Historia, abierta a jóvenes de opiniones
diversas. Ozanam participa en ella, se impone y se defiende
contra las opiniones adversas. De ahí surgió la "Conferencia de
la Caridad" que enseñará a los incrédulos que la fe cristiana es
naturalmente activa, y que sería, para sus miembros un manantial
de santificación.
La
Sociedad de San Vicente de Paúl
El 23 de Abril de
1833, día del cumpleaños de Federico Ozanam, tiene lugar la
primera reunión en la calle Petit-Bourbon Saint-Sulpice, 18, en
la oficina del periódico "La Tribuna Católica", cuyo jefe de
redacción es Emmanuel Bailey. Alrededor de él, seis estudiantes
de 19 a 23 años: François Lallier, Frederico Ozanam, Jules
Devaux, Félix Clavé, Auguste le Taillandier, Paul Lamanche.
Este pequeño grupo de jóvenes,
unidos por una sólida amistad se pondrá, en menos de un año
después de su fundación, bajo el patrocinio de San Vicente de
Paúl, cuyo espíritu y ejemplo les inspirarán. La Sociedad de San
Vicente de Paúl acaba de nacer.
Su primer presidente será
Emmanuel Bailly, pero la figura principal, emblemática, será sin
duda Federico Ozanam, gracias a su irradiación y su actividad.
Sin embargo, él no aceptará ser considerado como "el" fundador
de una Sociedad que según él no debe ser "ni un partido, ni
una escuela, ni una cofradía... Profundamente católica sin dejar
de ser laica".
Es cuando se
produce el encuentro providencial entre los pioneros de la
Conferencia de Caridad y la célebre hermana Rosalie Rendu,
"madre de todo un pueblo", en el barrio desheredado de la calle
Mouffetard, barriada de Saint-Etienne du Mont, próxima a la
iglesia donde se formó la primera Conferencia.
|
Hermana
Rosalía Rendu
(1787 - 1856) |
|
|
Emmanuel Bailly
(1797-1861) |
Al comprender la vocación de
estos jóvenes, entusiastas y generosos, ella los condujo hacia
los pobres y les enseñó la manera de servirles con amor y
respeto, en la tradición más auténtica de "Monsieur Vincent".
Siempre muy ocupado, Federico
será miembro del Consejo General de la Sociedad y, en 1844, con
Cornudet, Vicepresidente General, pero no será nunca Presidente
General, salvo, interino, después de los días de la insurrección
de junio de 1848. en el transcurso de los cuales el Presidente
Adolphe Baudon había sido herido.
Aprovechará este mandato para
recordar las exigencias de la caridad: discreción, delicadeza,
respeto de la dignidad de la persona, exclusión de todo
proselitismo fuera de lugar. "Introduzcamos la religión en
nuestras relaciones sólo en los momentos en que se pueda hacer
con naturalidad. Temamos que un celo impaciente por hacer
cristianos no haga sino hipócritas." Según Ozanam, la visita
de los pobres a domicilio, labor esencial de los Cofrades, debe
ser hecha en un espíritu de humildad.
De 1836 a finales de 1837,
Federico anima la única Conferencia Lionesa que, en ese mismo
año, decide dividirse en dos, un Consejo Particular que fue
constituido y colocado bajo su presidencia, hasta 1839, fecha en
la que es sustituido por Joseph Arthaud.
De una incansable
abnegación, añadirá a la visita de los pobres, la ayuda a los
extranjeros de diversas nacionalidades que atraviesan la ciudad,
la instrucción religiosa a los niños, la evangelización de los
militares, lo que no le impide seguir de cerca la marcha general
de la Sociedad, dirigir informes destinados a las Asambleas
Generales, sugerir que un informe anual sea trascrito, en París,
por el Secretario General, multiplicar los consejos juiciosos
tal como éste: "No hacerse ver, pero dejarse ver", ya que
si aborrece toda la ostentación, se horroriza de la
clandestinidad.
De vuelta a París, luego de su
boda en 1841, Federico sigue dedicándose a la Sociedad, haciendo
partícipe a su joven esposa, Amélie, de su ardiente caridad
hacia los más desprovistos. Cuando por su salud o profesión
viaja a las provincias o al extranjero, se empeña en asistir a
las reuniones de las Conferencias locales.
Cada año, o casi, evoca los
"humildes comienzos" de la Conferencia de caridad alrededor de
Bailly, se admira delante de este "arbolito" convertido en un
"gran árbol".
Ozanam escribió en 1841: "Hace
ocho años que se formó la primera Conferencia de París: Éramos
siete, hoy nuestras filas cuentan con más de 2.000 jóvenes..." y
en 1845: "Esta Sociedad, fundada hace 12 años por ocho jóvenes
desconocidos, cuenta con más de 10.000 miembros, en 133
ciudades; se ha establecido en Inglaterra, Escocia, Irlanda,
Bélgica, Italia..."
En la corta pero intensa vida de
Federico, la Sociedad de San Vicente de Paúl ha ocupado un lugar
de predilección. Cuando habla de ella, es con amor. Cuando
anuncia en 1847, en su calidad de Vicepresidente, la dimisión
del Presidente Jules Gossin y propone a los presidentes de las
diversas Conferencias la elección de Adolphe Baudon, su pluma se
llena de emoción en su descripción de la "sociedad católica
pero laica, humilde pero numerosa, pobre pero sobrecargada de
pobres que consolar, sobre todo en una época en que las
asociaciones caritativas tienen una misión tan grande que
cumplir a favor del despertar de la fe, para el sostén de la
iglesia, para la pacificación de los odios que dividen a los
hombres."
Iglesia de San-Étienne
du Mont
donde se formó la primera conferencia |
Interior de la
Iglesia de San-Étienne du Mont |
Interior de la
Iglesia de San-Étienne du Mont |
|
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Fe
y Ciencia
Sed de
cultura
Federico Ozanam fue un sabio, en
el amplio sentido de la palabra. Pero en él, la avidez po el
saber va a la par con la voluntad de poner a éste al servicio de
la Verdad cristiana y, aún mejor, de mostrar por sus trabajos y
en sus enseñazas universitarias, la alianza natural de la fe y
de la ciencia moderna.
Si Federico, estudiante, va a
seguir en el Jardín de las Plantas cursos sobre química y
botánica, si aprende el sánscrito con la finalidad de descifrar
los textos sagrados del hinduismo, si devora las obras de
apologistas cristianos como Bonald, Maistre, Ballanche, Görres o
Baader, las obras de orientación materialista, si desdeña las
novelas o melodramas de moda, lo hace siempre con vistas a
realizar el sueño de su adolescencia: "demostrar la verdad de
la religión católica por la antigüedad de sus creencias
históricas, religiosas y morales."
Admira el que a los 20 años, en
el marco de la "Conferencia de Historia", que será el
preludio de la "Conferencia de Caridad", haya podido
tratar temas tan difíciles como la mitología en general, la
religión de Confucio y de Lao Tse, la filosofía religiosa de la
India, la reforma de Buda. Pero hay que retroceder aún más en el
tiempo, puesto que a los 17 años, en 1830, es cuando expone las
primicias de su obra "La abeja francesa", fundada en Lyón por
Legeay y el padre Noirot, publicando en cinco entregas un
estudio sobre la "Verdad de la religión cristiana",
probada por el testimonio de todas las creencias. El mismo año
firma poemas sobre Juana de Arco (bajo el seudónimo de Manazo,
anagrama de Ozanam), y un poema en versos latinos sobre la toma
de Jerusalén por Tito. En 1831, publica estudios diversos sobre
la lengua y el pensamiento, la filosofía del lenguaje y su
acción en la sociedad.. Además, un notable artículo apareció en
el periódico lionés, "El Precursor", bajo el título
"Reflexiones sobre la doctrina de Saint Simón".
Después de haber defendido, en
1836, sus tesis de doctorado en Derecho, una en latín (De
interdictis), la otra en francés (Des actions
possessoires), Federico se orienta cada vez más hacia las
Letras y la Historia. A los 24 años, se revela como uno de los
mejores conocedores de Dante y de la "Divina Comedia". A la vez
que profesa en Lyón el curso de Derecho Comercial, firma varios
artículos en "L'Univers", particularmente "El protestantismo en
sus lazos con la libertad" (1838). Y ya se vislumbra en el
horizonte de Federico la posibilidad de una enseñanza
universitaria en París.
En 1839 defiende dos tesis, una
en latín: "De frequenti apud veteres poetas heroum ad ínferos
descensu", la otra en francés "Ensayo sobre la filosofía
de Dante" y sus disertaciones para la agregación a la
Facultad de Letras (1840), en latín, sobre " Las causas que
frenan el desarrollo de la tragedia entre los Romanos" y en
francés sobre "El valor histórico de las Oraciones Fúnebres
de Bossuet". Se orienta decididamente hacia las literaturas
extranjeras. En una carta a Ampère, confiesa que conoce bien la
lengua italiana y alemana, que lee medianamente el inglés y el
español y que "tiene un barniz de las lenguas orientales".
En realidad, puede leer la Biblia en hebreo.
Se le ve, a los 27 años, como
suplente de Claude Fauriel - uno de los renovadores de la
historia literaria en Francia - en la Cátedra de Literatura
Extranjera en la Sorbona.
Cuando murió este maestro y
amigo, en 1844, Federico le sucederá como titular de esta
cátedra que se inscribe plenamente en el punto de mira de sus
aspiraciones. A Jean-Jacques Ampère, le escribía así, en 1840,
que el "secreto deseo" de su corazón es el estudio
profundizado de las civilizaciones italiana y alemana con la
perspectiva de un "noble estudio" comparativo: "Roma y
los bárbaros", "El Sacerdocio y el Imperio", "Dante y los
Nibelungen", "Tomás de Aquino y Alberto el Grande", "Galileo y
Leibniz"; antítesis persistente, feliz oposición, cuyo
resultado es la sociedad moderna con sus artes, sus ciencias y
su legislación".
Esta erudición rigurosa es puesta
al servicio de una enseñanza exigente. Al elegir como tema en
sus primeros cursos los "Nibelungen", se esfuerza por ir a
Alemania. De Mayence escribió, el 14 de Octubre de 1840, que se
trataba para él de "un caso de conciencia literaria". Al
final de su corta existencia, ya enfermo y con condiciones
climáticas deplorables, viaja a España para completar su
documentación sobre la Cultura Hispánica de la Edad Media. En
cuanto a su último viaje, a Italia, del cual no volvería más que
para morir, estará motivado por una larga investigación sobre
los orígenes de las Repúblicas Italianas. Al igual que Fauriel,
Ozanam aspiraba a lo universal. Su curiosidad se extiende desde
las fuentes orientales del pensamiento de Dante hasta las
fuentes del pensamiento de Avicena y Averroes.
Pero él tiene en el espíritu esta
certidumbre: la Iglesia es la que ha recogido la herencia de la
antigüedad y del paganismo de los bárbaros. Esta universalidad,
junto a una gran apertura hacia los otros, le merece una
audiencia y una vocación internacionales. También le permite
quedarse en el corazón de la Sociedad de San Vicente de Paúl:
que se encuentre en París, en Génova, en Londres o en Livornio,
visita a las Conferencias y con su cálida palabra suministra un
aumento de ánimo.
Como todo profesor, todo erudito
digno de su vocación científica, Federico sueña con una gran
obra en la cual pondría lo mejor de sí mismo. Según sus propios
términos, se trata de "una gran cosa": mostrar el
cristianismo "civilizando a los bárbaros con su enseñanza,
transmitiéndoles la herencia de la antigüedad, creando, con la
vida religiosa, la vida política, el arte, la filosofía y la
literatura de la Edad Media."
El libro se llamaría "Historia
de la Civilización Cristiana entre los Germanos" (antes y
bajo los Romanos) y el "Establecimiento del Cristianismo en
Alemania". Un segundo volumen seria: "El Estado" o la
constitución del Imperio desde Carlomagno hasta Hohenstaufen y "
Las Cartas", con la formación de las escuelas monásticas y el
florecimiento de la literatura eclesiástica.
El primer volumen está casi
concluido en el verano de 1846, cuando cae enfermo y parte para
Italia, en búsqueda de documentos sobre la cultura de la
península entre los siglos VII y X. A su vuelta, gracias a los
cuidados abnegados de Ampère, el primero se publicó en 1847. El
segundo, comenzado en 1848, es transcrito en el tumulto de los
acontecimientos y con esfuerzo sobrehumano. Reunidos con el
título común de "Estudios Germánicos" (abril de 1849),a los dos
volúmenes se les va a conceder el Gran Premio Gobert de la
Academia de las Inscripciones y de Bellas Letras.
Federico no se conforma con eso. Sueña con "un vasto cuadro
histórico que abarcara la Historia de la Civilización, desde los
tiempos bárbaros hasta la época de Dante." Primer hito: la
publicación, en 1850, de "Documentos inéditos para servir a la
historia literaria de Italia desde el siglo VIII hasta el XIII".
Se reunieron sus artículos sobre "Los poetas franciscanos en
Italia del siglo XIII", y su curso sobre "La Civilización en el
siglo V", será publicado en dos volúmenes después de su muerte.
El oficio de profesor, considerado como un sacerdocio
Al mismo tiempo, Ozanam conoce el
humilde cometido del universitario, con una acumulación de
exámenes que realizar, la larga preparación de los cursos, el
cansancio de hablar en públicoi; todo fue recompensado por el
respeto que su amplio auditorio le prodiga, sensible a su
erudición, a su claridad, y también a su elocuencia. Elocuencia
conocida a lo largo de sus prestaciones como abogado, pero que
brota, más profundamente, del entusiasmo del que comunica su
ciencia y su fe.
Un episodio ilustra lo que
precede: en 1852, al día siguiente del golpe de estado de Louis
Napoleón, la Sorbona está a punto de insurrección. Corre el
rumor de que los profesores no quieren dar sus clases.
Gravemente enfermo, Ozanam va a la facultad y delante de los
estudiantes, pronuncia estas palabras admirables: "Señores,
se reprocha a nuestro siglo de ser un siglo de egoísmo, y se
dice de los profesores que están afectados de la epidemia
general. Sin embargo, aquí es donde nuestra salud se ve
alterada. Aquí es donde gastamos nuestras fuerzas. No me quejo."
"Nuestra vida, mi vida, les
pertenece, se la debemos hasta el último suspiro y ustedes la
tendrán. En cuanto a mí, señores, si me muero, será al servicio
de ustedes".
Con sus colegas de la Sorbona,
Federico manifiesta una actitud parecida, llena de consideración
y de respeto: al manifestar su fe cristiana, acepta que algunos
no sean de su opinión, que sean no creyentes. Acerca de eso,
escribe: "Son muchos los que dudan. Se les debe una compasión
que no excluye el aprecio."
Fe y Democracia
Al día siguiente de la Revolución de 1830, Federico Ozanam se
reafirma como católico liberal, es decir, siendo hijo fiel,
amante y sometido a la Iglesia, considera que los principios de
1789 - Libertad, Igualdad, Fraternidad - son traducciones
modernas del espíritu evangélico. Su mentor es Félicité de
Lamennais, cura bretón de intuiciones proféticas, de quien
Federico solo se alejará cuando Lamennais deje la Iglesia.
La
Alianza del Catolicismo y de la Libertad
En Lyón, ciudad donde Lamennais
tiene muchísimos partidarios, el joven Federico lee "
L'Avennir", simpatizando entusiásticamente con las tesis
políticas de sus redactores: Lamennais, Montalement, Lacordaire,
Gerbet.
Gran momento de felicidad cuando
en "L'Avennir" del 24 de Agosto de 1831, Federico encuentra,
bajo la pluma de Lamennais, un comentario muy elogioso de su
ensayo "Exposición de la doctrina de Saint Simon". El
maestro saluda en el joven lionés a alguien que "desde sus
comienzos" se ha colocado en el "horizonte intelectual del siglo
XIX", y que en una discusión filosófica "ha mezclado las
entonaciones de un alma bella, llena de vida y esperanza..."
Desde enero de 1832 participa en
las conferencias del Padre Gerbet sobre la filosofía de la
historia; le fortalecen su saber de la Iglesia, y se siente así
amparado e instruido en una visión de un mundo que la Iglesia
debe penetrar con su acción.
El 10 de febrero
de este mismo año manifestará a su amigo Ernest Facolnnet:
"El sistema lamenneisiano es la alianza inmortal de la fe y de
la ciencia, de la caridad y de la industria, del poder y de la
libertad. Aplicado a la historia, la pone en evidencia, descubre
ahí los destinos del porvenir".
Esperanza de una
regeneración con la democracia
A lo largo de la monarquía de
Julio (1830-1848) - régimen del que deplora el conservadurismo
egoísta- Federico no abandona el camino con el que se ha
comprometido desde 1830. Su correspondencia abunda en fórmulas
fuertes como ésta, del 21 de julio de 1834: "Pienso que
frente al poder hace falta también el principio sagrado de la
libertad; pienso que con voz valiente y severa se debe advertir
al poder que explota en lugar de sacrificarse; la palabra está
hecha para ser el dique que nosotros oponemos a la fuerza: es el
grano de arena donde viene a romperse el mar..."
Ozanam sabe bien que tal actitud
provoca alejamientos y descontentos. Conviene precisar que en
esta época el arzobispo de París es Monseñor de Quélen, prelado
muy apegado al antiguo régimen; mientras que su sucesor,
Monseñor Affre, estará en completa armonía con las ideas de
Ozanam.
Federico está sorprendido por la
atonía, o indiferencia, de tantos creyentes que no notan que un
trastorno fundamental se prepara en la sociedad. Al acercarse el
año de 1848, de regreso de Roma, admirado por lo que vio allí,
deseaba que todos los católicos franceses se volviesen havia Pío
IX que, según él, no es solamente el liberador de Italia, sino
también el papa que sella la nueva alianza entre la Religión y
la Libertad, el Cristianismo y la Democracia, a imagen del
acuerdo concluido en otros tiempos entre la Iglesia y los
bárbaros.
"¡Vayamos
hacia los bárbaros!"
En esta perspectiva es como
Federico entra en la política, y firma el 10 de febrero de 1848
en "Le Correspondant" un artículo resonante en que muestra que,
el paso de los bárbaros al cristianismo entre los siglos VI y IX
no deja de tener analogías con el que, en 1848, lleva a Roma a
identificarse con las masas populares " tan queridas por la
iglesia, porque representan el número, el número infinito de
almas que hay que conquistar y salvar; porque son la pobreza que
Dios ama y el trabajo que hace la fuerza". Y concluye con
ese grito "Vayamos hacia los bárbaros y sigamos a Pío IX".
Esta frase tendrá éxito, dará
miedo también, puesto que las clases trabajadoras, según muchos
cristianos, son las clases peligrosas. Por otra parte, no se
privan de decírselo a Ozanam quien, en una carta, de 22 de
febrero de 1848, vísperas del desencadenamiento de la
Revolución, dirigida a su amigo Théophile Foisset, se explica
"Diciendo: Vayamos hacia los bárbaros, pido que hagamos como él
(el Papa Pío IX), que en lugar de simpatizar con los intereses
de un ministerio doctrinario, o de una dignidad horrorizada, o
de una burguesía egoísta, nos ocupemos del pueblo que tiene
muchas necesidades y pocos derechos, que reclama con razón una
mayor participación en los asuntos públicos, garantías para el
trabajo y contra la miseria... En el pueblo es donde veo
bastantes restos de fe y de moralidad para salvar una sociedad
cuyas clases altas han perdido..."
Lo repetirá un mes más tarde, a
su hermano Charles Alphonse, cuando se establece la Segunda
República: "Es una mala alianza la de los católicos con la
burguesía vencida; mejor valdría apoyarse en el pueblo que es el
verdadero aliado de la Iglesia , pobre como ella, abnegada como
ella, bendecida como ella con todas las bendiciones del
Salvador".
La encíclica "Rerum Novarum"
sobre la condición de los obreros, del papa León XIII, publicada
el 15 de marzo de 1891, hace eco al pensamiento social, generoso
y fraternal de Federico Ozanam, sobre la injusticia, las
desigualdades, la dignidad del trabajo, el salario justo, los
impuestos equitativos, el derecho a la propiedad, la disminución
de los sufrimientos de los menos favorecidos.
Estas ideas serán tomadas en las
encíclicas "Quadragésimo anno" de Pío XI, en 1931 y en
"Centesimus annus" de Juan Pablo II, en 1991.
"La
Nueva Era"
El compromiso político
Federico, sin tener ningún gusto
natural, ninguna competencia particular para la política,
acepta, presionado por sus amigos, pero sin ilusión, solicitar
su candidatura en el departamento del Ródano, con vistas a un
escaño como representante del pueblo en la Asamblea Nacional,
elegida por vez primera por sufragio universal.
Ozanam reclama la puesta en
marcha de instituciones "que podrían mejorar, renovar la
condición de los obreros".
Federico no es elegido, pero eso
no afecta en nada a ese hombre, cuya actividad política va a
ejercitarse en adelante en el marco de la redacción de "La Nueva
Era" donde encuentra a otros católicos liberales: Lacordaire y
el padre Henri Maret.
Publicado el 15 de abril de 1848,
el periódico recuerda " L'Avennir" de Lamennais, por su
modernismo y por una especie de optimismo subyacente en sus
artículos, por la fidelidad, por su no-conformismo que irrita a
la mayor parte de los católicos, más sensibles a las invectivas
de "El Universo" de Louis Veuillot, que considera a Ozanam como
jefe del "partido del amor" formado por "corderos rabiosos". A raíz de
la insurrección obrera de junio de 1848 Ozanam manifiesta una
compasión y una comprensión totalmente diversa de la ferocidad
de muchas gentes que se dicen cristianas.
Víctima de dificultades
financieras, la existencia de "La Nueva Era" se ve amenazada. El
5 de abril de 1849, el periódico fue vendido a un legitimista.
Este fin marcó una gran pérdida para la Democracia Cristiana,
porque apartó de la lucha a los espíritus más clarividentes, a
Ozanam y a Maret en particular.
En diciembre de 1852, tiene lugar
el golpe de estado de Louis Napoleón, aplaudido por la mayoría
de los católicos. Ozanam deplora sinceramente esta derrota en el
campo de la libertad, pero no desespera. Muy al contrario, en
una carta a Foisset, el 24 de septiembre de 1848, reafirma:
"Creí, creo todavía, en la posibilidad de la democracia
cristiana, no creo en ninguna otra cosa en materia de política".
Fe y Justicia Social
Los cristianos y el
pueblo
Federico Ozanam fue muy sensible
con la cuestión social, que en el siglo XIX estaba esencialmente
centrada en la condición obrera que los disturbios sociales de
París y Lyón, consiguientes a la revolución, pusieron en
evidencia mucho más.
En 1836, cuando la Conferencia de
San Vicente de Paúl comienza a crecer, Ozanam escribió a
Falconnet: "Nosotros somos muy jóvenes para intervenir en la
lucha social; ¿nos quedaremos pasivos en medio de un mundo que
sufre y gime? No; nos |